Escrito por

Ernesto Sábato

El mundo de la literatura ha perdido a una de sus plumas más destacadas en habla hispana. Genial ensayista con una visión que conjuga lo apocalíptico con la esperanza y la obligación de todos los que pisamos este planeta de modificarlo para bien. Incomparable novelista con descripciones y figuras que generan que el lector se introduzca en la pieza como viviéndolo y las angustias del protagonista se vivían como propias. Esa pluma es la de Ernesto Sábato, que a los 99 años voló al viento el 30 de abril de 2011. Como todo argentino, era aficionado al deporte y desde aquí lo recordaremos desde ese lugar.

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Sábato nació en Rojas –una localidad alejada de la capital argentina Buenos Aires-  el 24 de junio de 1911. Pese a que por entonces el que más campeonatos ganaba era el Racing Club de Avellaneda, seguramente su paso por la ciudad de La Plata para graduarse en Física le hicieron simpatizar con el Estudiantes de esas ciudad. Se le supo ver en el estadio del club campeón de la Copa Libertadores 2009 y vicecampeón del Mundo –perdió ante el Barcelona- en ese mismo año portando la casaca del equipo.

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El fútbol a la Argentina llegó de la mano de los ingleses que desarrollaron los trenes que partían de Buenos Aires hacia el interior del país para trasladar materias primas. Es así como los principales vocablos del deporte son anglicismos castellanizados. Así relataba una jugada de Seoane, Tesorieri y Tarasconi:

“Una tarde, al intervalo, la Chancha le decía a Lalín: cruzámela, viejo, que entro y hago gol. Empieza el segundo jastáin, Lalín se la cruza, en efeto, y el negro la agarra, entra y hace gol, tal como se lo había dicho. Volvió Seoane con lo brazo abierto, corriendo hacia Lalín, gritándole: viste, Lalín, viste, y Lalín contestó sí pero yo no me divierto. Ahí tené, si se quiere, todo el problema del fóbal criollo”.

Así se definía Ernesto Sábato como futbolista amateur:

No era un virtuoso, hay que aclararlo y aceptarlo, pero iba y volvía y no daba pelota por perdida

Décimo hijo de once hermanos, comentó que su problema era el cabeceo debido a que no tenía la mollera bien cerrada y sin cabecear no podía jugar. Era un apasionado del fútbol y así se distanciaba aún más de Jorge Luis Borges que calificaba al gran deporte del mundo algo así como “22 personas corriendo detrás de un balón”.

En sus últimos años, se lo pudo ver en el estadio de Rosario Central. Fue en el marco del Congreso Iberoamericano de la Lengua de 2004. Seguramente, por su adhesión al comunismo y por las ideas de Ernesto “Che” Guevara –simpatizante de los ‘canayas’ que hoy están en la segunda de Argentina- accedió a portar la casaca.

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Gracias por la magia don Ernesto…

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